El cómic paisa, un arte que sale de las sombras de la periferia

El cómic dejó de ser en Medellín un producto freak. En la ciudad hay varias propuestas estéticas.

Desde hace tres decenios, los trazos de las historietas delinean un mapa afectivo y simbólico de Medellín. Las vidas cotidianas de los adolescentes, los callejones sentimentales de sus habitantes, el desafío diario de vivir en una urbe con millones de personas apiñadas en el metro o en los edificios son temas de los que se han ocupado los dibujantes. Muy en consonancia con los relatos del Yo de la literatura, el cine y la música.

En los últimos años, el circuito del cómic —que hasta hace poco ocupaba los márgenes editoriales y culturales—se ha desplazado al centro del radar de lectores, editores y libreros. Este paso de las periferias al brillo de los reflectores no ha sido sencillo: en él han contribuido, por supuesto, los proyectos estatales —becas de publicación y estímulos de los presupuestos de cultura—, y han sido vitales los esfuerzos de los autores que han transitado diferentes caminos para llevar a las manos de los lectores el trabajo de sus lápices y plumillas.

Para César Leguizamón, director académico de Cómic Con Colombia, ni en el país ni en la ciudad hay industria del cómic. Hay, sí, empeños individuales y colectivos para posicionar en el interés de la cultura las obras del llamado noveno arte. Al carecer de un aparato editorial sólido, la mayoría de los autores acude a las estrategias de la autopublicación, de montar en redes sociales sus historias —en esto el caso de Carlos Andrés Martínez, Casetera, es sintomático— en la búsqueda de los públicos.

Aunque se han dado pasos en la dirección de profesionalizar el oficio, todavía los frutos de la narración gráfica no son lo suficientemente grandes para la completa autonomía económica. A pesar del éxito y la perseverancia, los autores de cómic deben ocuparse en otras profesiones para librar los compromisos inmediatos de la comida y la vivienda.

Además del trabajo con las uñas, Luis Echavarría menciona la experimentación formal y temática como uno de los rasgos sobresalientes del cómic paisa. A falta de una tradición local, los autores que iniciaron su trayectoria a finales de los ochenta y principios de los noventa debieron encontrar las maneras de comunicar, inventarse una voz. Tal trabajo le correspondió en suerte a Álvaro Vélez —Truchafrita, autor de Cuadernos del Gran Jefe—, Marco Noreña, Carlos Granda y Joni Benjumea, entre otros.

Los nombres emergentes continuaron por la senda del cómic independiente, lejos de la pirotecnia y las formas de las propuestas clásicas de superhéroes y villanos. Aunque leyeron las tiras de las grandes editoriales, nutrieron sus miradas con las obras de Robert Crumb, Harvey Pekar y Jean Giraud.

Con los años 2000 llegaron nuevas voces a fortalecer las apuestas del cómic antioqueño. Los nombres de Ana López, Laura Guarisco, Yanet Pineda, Ángela Pérez, Casetera, Zay Cardona, Catalina Vásquez, Laura Henao, Lina Flórez y Pablo Pérez conforman un canon nuevo, un conjunto de autores que, en palabras de Mario Cárdenas, ha ampliado los registros estéticos de la historieta colombiana. También, se han abierto espacios de trabajo colectivo, que hacen menos solitaria la faena con la página. Otro elemento subrayable es la aparición de medios de crítica de cómic, siendo el más perseverante la revista virtual Blast, fundada en 2019 por Mario Cárdenas y Liz Osorio.

Dos historias.

Los dibujos de la realidad

En 2018, el dibujante y periodista Pablo Pérez recibió una señal para dirigir su trabajo artístico: en compañía de Mario Cárdenas recibió el premio Simón Bolívar de Periodismo en la modalidad entrevista de prensa, por un trabajo en cómic publicado por la revista ElMalpensante. El momento fatal, una entrevista a Joe Sacco es hasta el momento la única narración gráfica a la que se le ha adjudicado el galardón.

Pablo decidió buscar socios y compañeros de camino para crear un colectivo cuyas apuestas estuvieran centradas en el cómic documental y periodístico. Con Lina Flórez —compañera de las aulas universitarias— desempolvó una investigación académica para traducirla al lenguaje de las viñetas y los globos. El resultado fue, primero, un web comic publicado por entregas en 2018 y, luego, un libro incluido en el catálogo de Cohete Comics. Se trata de Emilia, una reivindicación de la memoria y el oficio de una de las primeras reporteras colombianas, Emilia Pardo Umaña. Dicho título fue el punto de partida de Altáis cómics.

El grupo tiene una sede/oficina/estudio en el barrio Estadio. En 2019, la dupla Lina-Pablo obtuvo una beca de la Alcaldía de Medellín para darle cuerpo a Tres horizontes, un reportaje dibujado cuyas protagonistas son la reportera Andrea Aldana, la bailarina Natalia Rico y la antropóloga Judith Botero.

El libro ensalza la autonomía de las mujeres en una ciudad compleja. Con el tiempo, a Altáis se sumaron la dibujante Estefanía Henao, autora de Las tres picas; el guionista Juan David Montoya, la abogada Oriana Fontalvo, el artista Juan David Jaramillo y la periodista María Angélica Cordero.

Un taller de nuevas voces

Desde niño, Luis Echavarría se aficionó a los cómics, descubrió pronto su norte. Sin embargo, los referentes de las historietas gringas le dejaban un agridulce sabor: eran trabajos elaborados, distantes de las herramientas disponibles para los autores en ciernes. Luego de iniciar varias carreras universitarias, Luis se graduó en Artes Plásticas. Viajó al extranjero a estudiar cómic con la idea de retornar a Medellín a fundar un colectivo de formación y camaradería. En 2015 abrió La Chimenea, un espacio con las reglas y los procedimientos del taller literario: un instructor imparte lecciones y lee con los asistentes referentes de otras latitudes. Durante cuatro años esas fueron las reglas del juego.

Luis decidió transformarlo, hacerlo menos piramidal. Quienes asisten –profesionales de distintas ramas de las ciencias humanas y del diseño– cuentan con un margen de maniobra mayor. A veces las sesiones son de lectura, en otras ocasiones examinan los dibujos y las historias de los compañeros. Han emprendido proyectos grupales: en 2020 publicaron San Condominio, una antología de los trazos de los miembros de Chimenea. También han editado –con sellos comerciales o de su propio bolsillo– títulos individuales en diferentes formatos: libros, fanzines, colecciones de viñetas, novelas gráficas.

En los estantes de las librerías independientes de la ciudad ya están Cambur, de Laura Guarisco; Confidencial, de José Olascoaga; Volver, de Jorge Carvajal; Citas a Distancia, de Eliana Correal; Cómo no hacer el amor, de Maritza Bacca.

Luis publicó con Planeta Liborina, una distopía dibujada. El registro estético predominante en Chimenea es la ficción, con un fuerte acento en lo autorreferencial.

 

FUENTE: EL COLOMBIANO