“Un cuadro es para ser leído, no mirado” – Muñoz Molina

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El escritor Antonio Muñoz Molina, en la presentación de la Cátedra del Prado en una de las salas de la pinacoteca. Foto: MUSEO DEL PRADO, Madrid.

Madrid 11 JUN 2019 – 22:41 CEST

La primera vez que el escritor Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, de 63 años) visitó el Museo del Prado, con 14 años, acompañaba a su abuelo, un agricultor interesado en ver esos días la feria del campo que se celebraba en Madrid. Aquel adolescente de Úbeda se pegó un atracón cultural, El Escorial, la Feria del Libro, el Valle de los Caídos y subió las escalinatas de la Biblioteca Nacional con la esperanza de encontrar escritores. Su encuentro con Las meninas fue «poco atractivo» porque las vio muy oscuras, «en aquella época estaban así». De esta manera, lo ha rememorado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2013 en la presentación este martes de la Cátedra Museo del Prado 2019, que protagoniza en su novena edición -comenzó en 2009- con un conjunto de cuatro conferencias que impartirá los jueves de noviembre de este año. A las que seguirán, los viernes, unos seminarios con un grupo de 20 alumnos.

Casi medio siglo después de aquella primera experiencia en la gran pinacoteca española, Muñoz Molina, que recordó su formación como historiador del arte, ha explicado cómo será su cátedra, titulada Rondas de Prado: en el jardín de las imágenes, en la que, siguiendo los consejos de Francisco Pacheco en El arte de la pintura (1638), optará por «la moderación» al hablar de los artistas y huirá de «la palabrería» para describir sus obras. Muñoz Molina, que suele escribir en sus columnas de Babelia sobre arte, eligió esta vez hablar sentado delante de La recuperación de Bahía de Todos los Santos, que Juan Bautista Maíno pintó en 1634 para conmemorar las primeras victorias de la corona española en la Guerra de los Treinta Años, para ejemplificar «la paradoja de la creación del Prado». Que fue «hacer accesibles para el público unas obras provenientes de experiencias distintas» porque las habían disfrutado unos pocos, la familia real y la nobleza.

El enorme lienzo de Maíno, de 309 centímetros por 381, «formaba parte de un despliegue de cuadros de batallas, debemos saber su contexto porque admirando solo sus valores estéticos» se pierde lo que denominó «el funcionamiento del cuadro». Ese conocimiento de una obra más allá de lo que vemos le llevó a asegurar que «un cuadro es para ser leído, no mirado, debe ser descifrado con los códigos de quien lo encargó y quien lo pintó», lo que supone «un esfuerzo placentero» por parte del espectador. Un proceso que describió con claridad: «Es pasar de leer una palabra en un diccionario a leerla en una frase». A ese «saber leer un cuadro» ayudan las cartelas, de las que alabó las del Prado «por su talento».

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‘La recuperación de Bahía de Todos los Santos’, de Maíno (1634-1635). FOTO: MUSEO DEL PRADO

Muñoz Molina prosiguió con su resumen del programa de la cátedra para referirse «a la función práctica y milagrosa» de las piezas de arte. En esta ocasión el modelo que tomó fue Rubens y sus desnudos «para ser vistos por los reyes para despertar en ellos la sensualidad y así tener herederos sanos», como se decía en su época. El autor de El jinete polaco también analizará «las historias, explícitas o implícitas, que cuentas las obras de arte» y culminará su zoom sobre el arte en el Prado hablando de «la materialidad del cuadro porque aunque los podamos ver en imágenes digitales, hay que medirse físicamente con los cuadros; tienen un tamaño».

Preguntado por sus obras favoritas del Prado, mencionó, entre otras, los paisajes de Nicolas Poussin, «cuanto más los miras, más cosas ves»; Las meninas, «nunca se acaban de mirar»; los bodegones de Sánchez Cotán o el retrato de Jovellanos, de Goya, «en el que ves la desolación de alguien recién nombrado ministro porque sabe lo que se le viene encima».

Para finalizar su intervención, Muñoz Molina se acercó hasta Caída en el camino del Calvario (1516), óleo de Rafael «que fue durante un tiempo el más caro en el inventario de la colección real». Una obra «que estaba en el altar mayor del Alcázar en Madrid» y de la que subrayó su carácter «milagroso» porque, primero, «el barco que lo llevaba a un convento en Sicilia se hundió con su tripulación, pero el cuadro se salvó» y volvió a obrarse el milagro «cuando se salvó de la quema del Alcázar».

FUENTE: https://elpais.com/cultura/2019/06/11/actualidad/1560259997_748995.html