Las editoriales en Estados Unidos imponen cláusulas de moralidad a los escritores

Son un secreto a voces del que se lleva hablando ya tres años en privado, pero sobre el que públicamente todavía pesa una cierta omertá. El caso de Blake Bailey —cuya biografía de Philip Roth fue retirada el 29 de abril por la editorial W. W. Norton tras las acusaciones de violación y abusos que pesan sobre él— volvió a poner el foco en las cláusulas de moralidad que se incluyen de forma rutinaria en Estados Unidos en los contratos entre escritores y editoriales, pese a que ninguna de las partes ha confirmado los términos de ese pacto. Estas disposiciones, sujetas a fieras condiciones de confidencialidad, permiten rescindirlo en caso de que un escritor se vea envuelto en un escándalo.

Finalmente, la biografía de Roth, escrita por Bailey y cancelada a finales de abril por Norton, volverá esta semana a las librerías en formato de bolsillo con Skyhorse. Y la situación no ha afectado a las traducciones ni a las ventas de derechos del libro, que gestionó directamente la agencia del escritor, la misma que ahora también dejó de representarle. Las ediciones británica y holandesa han estado en circulación tras la retirada de los ejemplares de Norton, y la española saldrá en Debate.

Pero la sombra de la censura planea sobre estos nuevos términos contractuales cuya definición de escándalo es lo suficientemente vaga como para hacer sonar las alarmas. Las editoriales en Estados Unidos pueden apelar a esta cláusula de moralidad para dar marcha atrás e incluso recuperar el dinero del adelanto y no proseguir con la publicación o distribución del título. Esta disposición no se aplica en otros países.

Blake Bailey, en 2013, en Los Ángeles.Allen J. Schaben / GETTy / GETT

“Todos los agentes piden disculpas a sus clientes, pero explican que lo que está en juego es poder cerrar un acuerdo y que no se logrará a menos que acepten firmar esto”, explica, en conversación telefónica, la escritora y crítica Francine Prose. “Si echamos la vista atrás uno ve lo absurdo que es pensar que los escritores deben ser un modelo de conducta: Dostoievski estuvo en prisión y a punto de ser fusilado, y Dickens tuvo uno de los divorcios más feos que se recuerdan. Pero realmente estas nuevas disposiciones tienen poco que ver con la moral; de lo que se trata es de cubrir las espaldas de las editoriales frente a un posible perjuicio económico, porque si un autor es señalado y cancelado en las redes, su libro puede volverse tóxico”.

Los orígenes de la controvertida y confidencial cláusula de moralidad se remontan al Hollywood de los años 20 y al actor Fatty Arbuckle, que fue juzgado por asesinato y casi le buscó la ruina a la productora Universal Pictures. Su inclusión generalizada en el mundo literario y editorial ocurrió en torno a 2018, y está estrechamente vinculada al aluvión de acusaciones del Me Too en el que se vieron envueltos un buen número de autores y editores.

En enero de 2019 el sindicato de autores hizo público un comunicado en el que aludía a la censura que impuso el macartismo en los años 50 en EE UU y planteaba sus objeciones a las cláusulas morales. “Las editoriales insisten en que las necesitan. Pero la mayoría de estas cláusulas son demasiado amplias y permiten que la editorial rescinda el contrato basándose en acusaciones individuales o la vaga noción de condena pública, algo que puede ocurrir con bastante facilidad en estos tiempos de redes sociales virales”, señalaba el escrito. “La ambigüedad y subjetividad de estas cláusulas abren la puerta al abuso. Las editoriales no deberían tener la exclusiva a la hora de decidir si una acusación es verdadera. Y si no son verdaderas las acusaciones, no se debería poder rescindir el contrato”.

Portada de la biografía de Philip Roth escrita por Blake Bailey. La edición en tapa dura de W. W. Norton fue retirada el 29 de abril.AP

Al fin y al cabo, el sindicato sostiene, las obligaciones de un escritor tienen que ver con entregar el libro que se ha comprometido a escribir a tiempo. “Este tipo de disposiciones socavan la libertad de expresión”, concluía la declaración. También PEN América ha hecho público un comunicado en el que alerta sobre los peligros que entrañan estas cláusulas: “Como organización dedicada a celebrar y defender la libertad de escribir, nos preocupan seriamente las medidas que pueden penalizar a los escritores por expresarse”.

Algunas agencias literarias importantes pelean para relajar los términos, pero no acaban de lograr que desaparezcan. No hay constancia tampoco de que algún autor superventas, auténtico peso pesado en el sector, haya forzado la retirada de esta disposición en su contrato.

«Como organización dedicada a celebrar y defender la libertad de escribir, nos preocupan seriamente estas medidas”

PEN América

Al mismo efecto de amedrentamiento que citaba el sindicato de autores y a cierta parálisis de la libertad de expresión se refiere al teléfono Suzanne Nossel, responsable de PEN América. “Se puede apelar a estas cláusulas si un autor dice algo controvertido o polémico, los términos son vagos y es el editor quien decide”, explica. “Hay alguna variación en estas disposiciones; no son todas iguales, pero el temor es que pueden servir de excusa para que un editor rescinda el contrato. Hay bastante margen para el abuso”.

Nossel habla de casos preocupantes, como que determinados autores hayan sido señalados por los trabajadores de un sello que los va a editar o por otros escritores que no quieren verse asociados a él, como ocurrió con Woody Allen y sus memorias. “Al final una editorial pequeña lo sacó, pero parece que se está replicando el modelo de las cadenas de televisión, donde se establecen dos bandos y hay dos conversaciones totalmente distintas”, explica. “Antes, en el mundo editorial un mismo sello publicaba una amplia variedad de obras, y solo espero que esa apertura no quede sacrificada en el actual clima político”.

Francine Prose no duda en señalar que “se ha impuesto un ambiente de juicio moral y puritano” que puede empañar “la buena causa” de la que surgió originalmente. Ante el caso de Bailey identifica una peligrosa deriva. “Lo ocurrido con él fue censura y tiene un cierto eco a lo que pasaba en la URSS, en la China comunista y en Europa del Este. ¿Cuál es la diferencia? Bueno, pues que ahora es una empresa privada y no el Estado quien la ejerce, y que, al fin, la prohibición no es tan estricta”, apunta. “El libro de Bailey es importante no solo porque habla de Roth y su vida, sino porque da cuenta de un periodo en la historia literaria de EE UU y de los judíos aquí”.

 

Woody Allen en 2017 y, a la derecha, portada del libro de sus memorias, publicadas por Skyhorse, la misma editorial que ahora ha rescatado la biografía de Philip Roth. AP

La vieja idea de que aunque se hable mal de un libro eso puede ser positivo porque, al fin y al cabo, la polémica es también publicidad no está hoy del todo vigente. Las grandes casas editoriales incluyen en sus cálculos los daños reputacionales y muchos temen verse asociados con determinados autores o posturas que producen un fuerte rechazo, y que pueden acabar resultando tóxicos para la cuenta de resultados. Su efecto colateral puede ir más allá de la moral. El veterano editor y agente Ira Silverberg concluye: “Estas cláusulas son un punto fascinante en los contratos y las editoriales darán ejemplos de por qué las necesitan, pero la sombra de la censura está ahí. Y moralidad, ¿en serio? Por favor”.

FUENTE: El País