El auge de las novelas distópicas reivindica el poder de las palabras y el protagonismo de los niños

Crisis económicas repetidas, cambio climático, terrorismo, un desarrollo tecnológico de efectos a veces impredecibles o la incertidumbre perpetua en la que viven las generaciones más jóvenes ya habían generado un gusto por lo distópico que la pandemia no ha hecho sino acentuar. Son múltiples los ejemplos de la fecundidad con la que distopía y literatura se habían relacionado hasta ahora, pero no por ello deja de sorprender la confluencia en librerías de tres novelas adscritas con mayor o menor intensidad a este género y en las que el lenguaje y los niños, son dos elementos que cada uno a su manera, juegan un papel primordial.

 

La escritora Manon Steffan Ros, la semana pasada en Barcelona.| Joan Morejón/Edicions del Periscopi

 

“Comencé a escribir Horda en enero de 2018, después del otoño catalán que entre septiembre y diciembre de 2017 lo puso todo patas arriba. La gran víctima de aquel periodo fueron las palabras, que se pervirtieron hasta el punto de acabar por vaciarse de significado. En mi ánimo, la batalla por el relato que se instauró durante aquellos meses es una de las más dolorosas derrotas de la dignidad del lenguaje entendido como herramienta de comunicación y de conocimiento”, cuenta Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 50 años) para explicar la génesis de Horda (Seix Barral). Su novela plantea un breve y contundente viaje a un mundo tiranizado por niños y en el que cualquier expresión oral o escrita está perseguida y penalizada con la muerte.

El miedo, ese “disparador distópico por antonomasia” como lo define Francisco Martorell Campos en Contra la distopía (La Caja Books), ha multiplicado su presencia en el siglo XXI como instrumento de poder y, también, de entretenimiento. El éxito de ventas de 1984 tras la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos o la conversión en símbolo de la lucha feminista de El cuento de la criada (de la novela de Margaret Atwood publicada en 1985, pero sobre todo de la serie televisiva y la estética que impuso) prueban la versatilidad de la distopía para darle al gran público lo que necesita según el contexto. La reciente reedición de parte de la obra de la gran clásica del género Octavia E. Butler en Capitán Swing (incluida la profética La parábola de los talentos) o el nuevo libro de Robert Harris, El despertar de la herejía, confirman esta tendencia. Además, la explosión de este mismo género en la literatura para adolescentes desde hace dos décadas ofrece pistas sobre por dónde van a ir los lectores del futuro.

“Toda distopía, por mucho que se ambiente en el futuro, está hablando siempre sobre qué es el ser humano en el presente. Hay mucha reflexión sobre el lenguaje, sobre la mentira, al fin y al cabo estamos en el mundo de las fake news, de las redes donde las mentiras corren cinco veces más rápido que la verdad. Hay una desconfianza hacia el lenguaje al mismo tiempo que una recuperación del placer y el sabor de las palabras”, explica Ricard Ruiz Garzón, escritor, organizador del Festival 42 y antologista en Mañana todavía. Doce distopías para el siglo XXI (Fantascy).

En este contexto, cabe preguntarse por las novedades en este género, entendido en un sentido amplio. Emiliano Monge se sitúa, en cierto modo, en el extremo opuesto a Menéndez Salmón. Su novela Tejer la oscuridad (Literatura Random House) es la historia de un grupo de niños que, ante el fin del mundo, se aferran al lenguaje para construir uno nuevo, para evitar otro desastre, para volver al origen. “La historia está atada a la búsqueda de un lenguaje distinto. En un momento los niños de orfelinato se dan cuenta de que si realmente quieren hacer algo distinto, tienen que ser diferentes desde dentro: tienen que prohibir palabras para poder prohibir sentimientos. Porque al final, cuando pronunciamos una palabra, estamos determinando un sentimiento. No solamente estamos nombrándolo, lo estamos cargando de sentido”, comenta Monge (Ciudad de México, 42 años).

Solos en la Tierra

También hay un niño y un fin del mundo en El Libro Azul de Nebo (Seix Barral, Periscopi en catalán), de Manon Steffan Ros (Rhiwlas, 38 años), una novela más post apocalíptica que distópica. El libro cuenta un relato sencillo y conmovedor de la vida de una madre galesa y su hijo tras un desastre que les ha dejado solos en la Tierra. Los protagonistas tienen miedos, —muchos y no tan distintos a los nuestros, ni a los de la autora—, pero cuentan con una tabla de salvación: los libros en galés que la madre se llevó de la biblioteca cuando vio que el desastre llegaba. “Enfrentar los miedos de frente siempre los atempera un poco, pero tengo que admitir que mi terror no ha disminuido mucho. Lo interesante de este libro en el que el galés juega un papel tan importante es que me ha dado la esperanza y la fe en el futuro de mi lengua materna. Es tan fácil quedarse enzarzado en la batalla por tu lengua minoritaria que puedes olvidar el placer puro y el privilegio de hablarla”, resume Steffan Ros.

Hablar, leer y escribir; borrar, silenciar y callar, o cancelar. Transitamos aguas turbulentas en las que a diario el lenguaje es utilizado y machacado. “Los niños son a menudo las principales víctimas de los desmanes lingüísticos. A los niños los engañamos, manipulamos y coartamos con un lenguaje dirigido, inane o interesadamente tramposo. Hay algo más que un ejercicio de justicia poética en que sean ellos quienes en la novela prohíban las palabras. Es casi una reacción de supervivencia grupal, de desconfianza instintiva hacia un empleo bastardo del lenguaje”, avisa Menéndez Salmón, quien, más que alguna influencia clara en una novela sobre la que transita la sombra de Bradbury admite que en Horda se dan la mano “un conjunto de obsesiones personales: infancia, lenguaje, mal, poder, libertad”.

“El desfallecimiento de la imaginación utópica explica la propagación de la impotencia de la sociedad actual”, argumenta Martorell en el ya citado ensayo Contra la distopía, un libro necesario para dar forma y contexto a esta explosión de la ficción aferrada a futuros oscuros y predicciones nefastas. Lo distópico, avisa este doctor en filosofía, comparte con la industria de la felicidad –– otro gran puntal del siglo XXI por paradójico que suene–– su desconfianza ante el futuro. También, al parecer, con el grueso de la sociedad. Al menos, como les ocurre a todos los protagonistas de estas tres novelas distópicas, quedan los libros, la escritura, la lectura.

Nuevos géneros para la esperanza

«Las distopías han aparecido siempre en épocas de crisis y miedo. Siempre aparece reforzado y con esa sensación de que estamos ante el abismo y son obras que nos ayudan a pensar ‘si somos capaces no acabaremos tan mal’, son advertencias. Pero también hay cierta sensación catártica, la idea de que aún no estamos tan mal y eso es una suerte, esa segunda vertiente es un poco más peligrosa», avisa el escritor Ricard Ruiz Garzón. Él apunta, sin embargo, a nuevos géneros que se apoyan en la esperanza sin rehuir la crítica. «Lo más interesante y lo más novedoso es que están surgiendo propuestas nuevas, el solar punk y el hope punk, que son dos líneas, junto con el post humanismo, que al menos plantean cosas un poco más constructivas. Así que podemos escribir sobre futuros más sostenibles sin que eso haga que eliminemos el conflicto o la denuncia necesaria de la novela».

FUENTE: EL PAÍS

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